EL ÉXITO ES CREER EN UNA MISMA

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Hoy voy a contarles el comienzo de una historia. Es la mía, pero bien podría ser la de otra. Me llamo Lucía Rumbo, tengo 31 años, y me desempeño como Desarrolladora en Pigmalion Software.

No nací sabiendo lo que quería ser de grande, tampoco tuve mi primera computadora a los 5 años edad, ni empecé a programar a los 13. Muy forzadamente estoy describiendo el estereotipo del “programador de Silicon Valley” prácticamente. Si bien eso, acá en Argentina nos parece bastante lejano, en mi experiencia no fue tan así. 

Lucía Rumbo, Desarrolladora en Pigmalion Software.

Cuando empecé a estudiar en la universidad la carrera de Sistemas de Información, me encontré rodeada de compañeros varones que compartían ciertas características similares: La mayoría venían de escuelas secundarias técnicas, tenían una fuerte pasión por los videojuegos, habían tenido desde chiquitos computadoras con acceso a internet y eran muy buenos en lógica y matemática. 

Mi trasfondo era completamente diferente, yo prácticamente no crecí con nada de eso, pero tampoco me molestaba, creía que ya iba a tener tiempo de experimentar muchas de esas cosas durante la carrera universitaria. Sin embargo, no fue tan así. Honestamente resultó difícil integrarme a los grupos de estudio debido a estas diferencias, y había un componente más fuerte que marcaba esa distancia aún más… yo soy mujer. 

Corría el año 2009, y era bastante difícil encontrar mujeres estudiando carreras de informática. En la cursada éramos muy pocas chicas, todas aisladas, separadas, tratando de ser las únicas en algún grupito de varones. 

En mi primer día de clases en la universidad -para mi grata sorpresa- mi primer docente fue una mujer. La clase transcurrió con total normalidad, y al final de la misma decidí acercarme a ella para hacerle un comentario sobre la poca cantidad de chicas que había en la carrera, a lo que ella respondió: “Lo que pasa es que esta carrera no es para mujeres”. Una afirmación bastante chocante, y aún más viniendo de una mujer. 

Esa fue la primera -de muchas- veces que escuché esa frase durante mis años de estudio. Comentarios del tipo: ‘Las mujeres no sirven para programar’, ‘¿Por qué no estudias otra cosa?’ o ‘Vos sabes porque tu novio te explica’ eran moneda corriente entre profesores, compañeros de cursada, amigos y familiares».

Después de un par de años en la universidad, terminé por abandonarla. Fue por una sumatoria de cosas que quizás podrían tener un posteo aparte, pero el ambiente un poco hostil entre profesores y compañeros de cursada, junto a la “desventaja” de ser mujer, no ayudaron a que quisiera quedarme. 

Decidí ir a probar suerte en un terciario, ya sabía que me gustaba programar y quería seguir intentando hacer una carrera por ese lado. Como ya venía con conocimientos de programación que me había dado la universidad, logré ganarme el “respeto” de mis compañeros varones de una forma un poco más rápida que el resto de mis compañeras mujeres que no tenían dichos conocimientos previos. Sin embargo, los comentarios y chistes misóginos seguían a la orden del día, siempre presentes. 

Cuando están todo el tiempo diciendote que no podes, que no tenés la capacidad, que deberías dedicarte a otra cosa, cuando no tienen en cuenta tus opiniones… Cuando están continuamente marcandote que tus ‘errores’ son porque sos mujer, a la larga te termina afectando. Empezás a dudar de vos misma, afecta tu autoestima y tu confianza. Te terminás creyendo un poco eso que te dicen». 

A pesar de todo, logré recibirme y empecé a buscar trabajo. Fue ahí cuando entré a Pigmalion Software. Y realmente fue todo un cambio de paradigma. Conocí gente muy copada, que sabía muchísimo técnicamente, de la cual aprendí y sigo aprendiendo día a día, y por sobre todo, que no me tenía ningún tipo de prejuicio por ser mujer. Y fue absolutamente revelador.   

Sin embargo, tampoco fue todo color de rosa en el entorno laboral, si bien técnicamente me consideraban un par, un miembro más del equipo, donde mi género no importaba realmente, a la hora de “hacer sociales” el escenario cambiaba un poco y hubo situaciones en las que me sentí excluída por el simple hecho de ser mujer. 

Afortunadamente, la empresa tiene una estructura donde se pueden plantear estas inquietudes y realmente tomar cartas en el asunto, y eso fue exactamente lo que hicimos. Pero ese camino sí merece un posteo aparte. 

Durante muchos años tuve completamente naturalizados estos tipos de situaciones, comentarios y/o “chistes” machistas. Y hasta de hecho llegué a pensar que cuando alguna tarea o ejercicio no me salía era por mi “condición de mujer”. 

Las corrientes feministas me ayudaron a darme cuenta que no había nada de malo con mi género, que podía hacer tranquilamente una carrera profesional en la industria del software siendo mujer. Que todo eran prejuicios. Y a las pruebas me remito, hoy sigo trabajando en lo que me gusta, que es programar.

Afortunadamente esto ha estado cambiando en los últimos años, cada vez más mujeres estudian tecnología y se insertan en nuestro mercado laboral. Fomentar la diversidad y la inclusión en todos los ámbitos educativos y laborales es fundamental para erradicar de una vez por todas los estereotipos y prejuicios sobre las profesiones y los géneros. Si bien todavía nos queda mucho por mejorar, debates que dar y conceptos que repensar, siento que estamos yendo por el camino correcto.

Así fueron los primeros años en un capítulo de mi vida que comenzó de una forma, y evolucionó a otra. Es mi historia, y con mucho esfuerzo ahora también será la de muchas otras mujeres más.

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